La película es una carta abierta al espectador, quien se retrata a sí mismo según su interpretación de lo vivido por los personajes. La obsesión que muestra la película es un cúmulo de actitudes tóxicas cuyo director denuncia sin sutilezas. Sin embargo, en función de las vivencias y educación de cada espectador, esa obsesión puede ser vista de diferente manera: ¿quién es el recipiente de dicha obsesión?, ¿quién es culpable de las situaciones creadas?, ¿quién es víctima y quién verdugo?
Si bien encontramos actitudes reprochables en ambos personajes, la cinta se centra en un tipo de violencia menos obvia y destacable y más psicológica y encubierta. La propia película juega con el espectador para que reflexione sobre el concepto de obsesión y lo que ello conlleva, asentándolo en un reflexión sobre el machismo, el materialismo de los cuerpos, la insignificancia de cierto género por parte del contrario, la incorrecta posición y visión ególatra del ser en relación con su mundo y la carente autoestima como fuente de actitudes controladoras y manipuladoras.



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