Esta película muestra un apartado técnico y visual espectacular y asombroso debido al acertado manejo de la cámara, usando planos y movimientos impactantes y grandiosos en varios momentos de la cinta, y también debido tanto al uso de los colores vivos como a la elección del atrezzo que decora cada escena y da forma a cada personaje, resonando su pasado y su ser a través de lo que vemos de ellos.
Frankenstein es una obra harto conocida que no parecía poder ofrecer nada nuevo ni interesante. Sin embargo, esta cinta renueva el concepto de la obra original y consigue engancharte durante gran parte de su duración hasta su segunda mitad en la que la acción se ralentiza y parece incluso no avanzar. Por suerte, esta decaída, que aparece de manera inesperada, es corta y la propia película es capaz de retomar la energía de su inicio para acabar con una curiosa manera que añade un toque más a esta relectura de uno de los monstruos más famosos de la literatura.
Dejando atrás los apartados más técnicos, merece la pena hablar de su mensaje y de las reflexiones que ofrece la película. El mensaje principal se basa en el concepto de monstruo, diferenciando lo visible de lo invisible y poniendo el acento en qué podemos considerar realmente un "monstruo". Esta reflexión la podemos extrapolar a nuestra sociedad, en concreto a los poderosos con aires de grandeza y con moral de serpiente. Y más allá, podemos centrarnos en nuestra ya no tan futura sociedad tecnológica y digital en la que la inteligencia artificial abre un peligroso camino para creernos dioses cuando en verdad nos estamos convirtiendo en lo contrario.
Guillermo del Toro elige cualquier historia y la eleva por encima de su propia esencia. Es más, coge la esencia y la embadurna de color y emoción para que conectemos con ella y disfrutemos del placer del cine.



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